El idiota
El idiota —Ya lo sé. No me refiero a ellos como individuos. Tampoco combato a la Iglesia Católica. Digo que el espíritu ruso no se amolda a ella. Hemos resistido a Occidente, y para ello necesitamos contar con la ayuda de nuestra propia religión. Debemos sostener nuestra civilización rusa, no aceptar servilmente el yugo extranjero. Tal debe ser nuestra actitud, no la de decir que la predicación de los católicos es elegante, como alguien ha manifestado hace poco.
Ivan Petrovich comenzaba a sentirse alarmado.
—Permítame, permítame —dijo con voz inquieta, mirando a su alrededor—. Sus ideas patrióticas son muy loables, pero las exagera usted en máximo grado… Vale más dejar eso.
—No exagero, sino atenúo, porque no estoy en condiciones de explicarme bien, pero…
—Permítame…
El príncipe guardó silencio e incorporándose en la silla fijó una ardiente mirada en Ivan Petrovich.