El idiota

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—Imposible es mucho decir —repuso, sereno, Ivan Petrovich—. Usted mismo lo reconocerá, querido príncipe. Por otra parte, usted estima mucho al difunto. Era, en efecto, un hombre muy bueno, y eso mismo… Pero ¡si le dijera cuántas dificultades me ha originado su conversión! Imagine —y se dirigió al viejo dignatario— que me disputaban su herencia y hube de recurrir a las medidas más enérgicas para hacerles entrar en razón… Gracias a Dios, eso sucedía en Moscú. Yo fui a ver al conde en seguida y… les hicimos entrar en razón, lo repito…

—Me deja usted estupefacto —contestó el príncipe—. Pero en el fondo no significa nada… Estoy persuadido de ello. —Y hablando al alto dignatario manifestó—: También se asegura que la condesa K. ha ingresado en un convento católico, en el extranjero.

—Creo que eso depende de nuestra… indolencia —sentenció el dignatario, con autoridad—. Además, los sacerdotes católicos tienen un modo de predicar original, elegante, persuasivo. En 1832, estando yo en Viena, me faltó poco para convertirme… Me salvé por la fuga… ¡Ja, ja, ja!

—Que yo sepa, padrecito —interrumpió la princesa Bielokonsky—, no huiste de los jesuitas, sino a París y con la bella condesa Levitzky…


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