El idiota

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No le faltaban, ciertamente, motivos de disgusto en el terreno de los hechos positivos; pero todas las circunstancias dolorosas que su memoria podía recordar, no alcanzaban a explicar lo infinito de su melancolía. Su ataque de la víspera había sido leve, y no le quedaban de él otras reliquias que una hipocondría acentuada. Alguna pesadez en la cabeza y cierto dolor en los músculos. Poco a poco arraigó en él la convicción de que aquel mismo día iba a producirse un algo indefinible que sería decisivo en su existencia. Observaba la imposibilidad de recuperar su calma por sí solo. Pero, aparte la congoja de su alma, su cerebro trabajaba con lucidez. Levantóse tarde y evocó en seguida la noche anterior. Sus recuerdos eran claros, aunque incompletos; pero no había olvidado que sobre media hora después del ataque le condujeron a su casa. Supo que los Epanchin habían enviado ya a preguntar por él. A las once y media llegó un nuevo emisario y Michkin se sintió contento de aquel interés. Una de las primeras visitas que recibió fue la de Vera Lebedievna, que acudía a ofrecerle sus servicios. Cuando le vio, la joven rompió a llorar. El príncipe se esforzó en consolarla y de improviso, afectado por la pena de la joven, tomó su mano y se la besó. Vera se puso muy encendida.

—¿Qué hace usted, qué hace? —exclamó, asustada, retirando vivamente la mano.


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