El idiota

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Y se alejó a toda prisa, con extraña turbación. En el curso de su breve visita, Vera había tenido tiempo de contar al príncipe que Lebediev, a primera hora de la mañana, había corrido a casa del «difunto», como llamaba al general, para informarse de si había fallecido durante la noche. La joven añadió que los médicos suponían a Ivolguin poco tiempo de vida. Poco antes del mediodía, Lebediev regresó a su casa y entró en las habitaciones de Michkin, «pero sólo un momento, para informarse de su preciosa salud», etc. Quería también dirigir una ojeada a su «armario». El príncipe se apresuró a permitirle marchar, pero, aun así, Lebediev, antes de irse, le interrogó acerca del ataque de la víspera, aunque debía conocer el asunto detalladamente. Luego llegó Kolia, también por un instante, y en su caso con razón. Estaba muy inquieto y sombrío. Sus primeras palabras fueron para conjurar a Michkin a que le revelase cuanto le ocultaba. Además, añadió, lo había sabido casi todo el día antes.

Michkin relató la historia con la mayor exactitud posible, aunque intercalando en su relato la expresión de su profunda simpatía. Kolia, herido como un rayo, no pudo contener silenciosas lágrimas. El pobre mozo acababa de experimentar una de esas impresiones que no se olvidan jamás y señalan una época en la vida. Michkin, comprendiéndolo, se esforzó en hacer resaltar ante su joven amigo la forma en que él enjuiciaba el episodio.


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