El idiota

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—Pues si no quiere decir eso, ella no necesita más que bajar la escalera e irse… y puede, si quiere, no volver a su casa más. Hay veces en que uno quema sus navíos y resuelve no volver a casa de sus padres. Los almuerzos, las comidas y los príncipes Ch. no son toda la vida. Creo que toma usted a Aglaya Ivanovna por una chiquilla de un colegio. Así se lo he dicho, y ella es de mi opinión. Espere a las siete o a las ocho. En el caso de usted yo estaría de centinela allí hasta que la viese bajar los escalones. Por lo menos encargue a Kolia que lo haga. Lo realizará con gusto, tratándose de usted… Todo es relativo… ¡ja, ja, ja!

Hipólito salió. Michkin no tenía precisión de hacer espiar a Aglaya, aun cuando hubiese sido capaz de semejante cosa. Ahora se explicaba por qué la joven le había ordenado quedarse en casa. Tal vez quisiera irle a ver después, o impedirle intervenir en el paso que proyectaba dar. Esta última conjetura era tan verosímil como la primera. Michkin sintió vértigo: la estancia parecía girar en torno suyo. Tendióse en un diván y cerró los ojos. En todo caso, Aglaya había tomado una decisión definitiva. No, el príncipe no la consideraba una colegiala. Comprendía ahora que llevaba mucho tiempo inquieta y aguardando algo por el estilo. Pero ¿por qué quería Aglaya ver a la otra? Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Michkin. Tenía fiebre otra vez.


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