El idiota
El idiota —Lo que el prÃncipe dijo del asno demuestra ya su inteligencia —intervino Alejandra—. Nos ha descrito de un modo muy interesante su estado de salud y cómo reaccionó a consecuencia de una impresión exterior. Siempre he sentido la curiosidad de saber cómo pierde la gente la razón y cómo la recobra. Sobre todo cuando el cambio sucede bruscamente.
—¿Veis? —dijo vivamente la generala—. Ya sé que tú también a veces eres inteligente. ¡Vamos, acabad de reÃr! Creo, prÃncipe, que iba usted a hablar del paisaje suizo. Diga, diga…
Michkin siguió su relato:
—Llegamos a Lucerna y me llevaron a dar un paseo por el lago. Admiré la belleza de lo que me rodeaba, pero no sin sentir a la vez un peso en el corazón.
—¿Por qué? —preguntó Alejandra.
—No lo sé. Siempre me siento oprimido e inquieto cuando veo por primera vez un paisaje asÃ. Me agrada y me turba a la vez. Además entonces yo estaba enfermo aún.
—Pues yo tengo muchas ganas de ver esos paisajes —dijo Adelaida—. No sé por qué no vamos al extranjero. Hace dos años que estoy buscando con interés una naturaleza que copiar, porque, como sabe, «el Oriente y el Sur se han pintado ya mucho…». Encuéntreme un paisaje que pintar, prÃncipe.