El idiota

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—Yo soy buena también —aseveró inopinadamente la Epanchina— y, si quiere creerme, incluso le diré que soy buena siempre. Es mi único defecto, porque no se debe ser buena en todas las ocasiones. Me disgusto a veces con mis hijas y con mi marido; pero lo más lamentable es que nunca soy más buena que cuando estoy enfadada. Así, antes de entrar usted, yo me había irritado y adoptado el aire de no comprender ni poder comprender nada. Eso me pasa a veces: soy como una niña. Aglaya me dio una lección. Te la agradezco, Aglaya. En fin, todo esto no tiene importancia. Yo no soy tan necia como pudiera creerse y como mis hijas quisieran dar a entender. No me falta carácter y no soy vergonzosa. Lo digo sin mala intención. Ven aquí y dame un beso, Aglaya. Basta, basta —dijo a Aglaya que le besaba con sincero cariño el rostro y las manos—. Continúe, príncipe. ¿Se acuerda de algo más interesante que lo del pollino?

—Vuelvo a decir —observó Adelaida— que no creo posible contar nada cuando le apremian así a uno. Yo no sabría qué relatar.

—Pero el príncipe sí sabrá, porque el príncipe es muy inteligente, lo menos diez veces más que tú, y acaso doce. ¿Te enteras? Pruébeselo continuando, príncipe. Desde luego, podernos prescindir del asno. ¿Qué vio usted en el extranjero aparte ese animal?


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