El idiota
El idiota Rogochin los miró atentamente, cogió su sombrero y salió sin pronunciar una palabra. Diez minutos más tarde, Michkin, sentado junto a Nastasia Filipovna, la miraba sin cesar, acariciando su cabeza y su rostro como a una niña. Reía viéndola reír y cuando ella lloraba sentíase a punto de romper en llanto. Escuchaba en silencio, probablemente sin comprenderlas, pero con una dulce sonrisa en los labios, las palabras entrecortadas, entusiastas e incoherentes que pronunciaba la joven. Y tan pronto como imaginaba que ella le dirigiría algún reproche o que recaía en su dolor, le prodigaba nuevas caricias y palabras tiernas como a un niño desconsolado.