El idiota
El idiota Al relatar estos hechos sin comentarlos, no tratamos de justificar a nuestro protagonista ante los lectores. Antes bien, nos sentimos inclinados a asociarnos a la hostilidad que su conducta provocaba incluso entre sus amigos. La misma Vera Lebediev estaba indignada, el propio Keller lo estaba también, pese a haber sido nombrado padrino de boda, y en cuanto a Lebediev, su indignación era tal, que le impulsó a ciertas intrigas contra Michkin, como veremos después. Nuestra opinión concuerda en un todo con ciertas palabras llenas de profunda verdad y psicología que pronunció Eugenio Pavlovich en una conversación que tuvo con el príncipe seis o siete días después de la escena acaecida en casa de Nastasia Filipovna. Advirtamos de paso que cuantos, por una u otra causa, frecuentaban la casa de Epanchin, se habían creído en el deber de concluir sus relaciones con el príncipe. Ch., por ejemplo, ni le saludaba, y si se cruzaba con él volvía el semblante. Pero Pavlovich no vaciló en comprometerse visitando a Michkin, aun cuando las Epanchinas le acogían a la sazón con más acusada cordialidad que antes. Pero él no fue a casa de Michkin sino al día siguiente de haber la familia Epanchin abandonado Pavlovsk. Radomsky sabía bien los rumores que circulaban, y acaso él mismo hubiese contribuido en parte a divulgarlos. El príncipe, muy satisfecho al verle, le preguntó por las Epanchinas. Tan franca manera de abordar las cosas hizo que Radomsky resolviera explicarse sin ambages. Michkin ignoraba todavía la marcha de los Epanchin. La noticia impresionóle mucho. Palideció, movió la cabeza con talante pensativo y dijo, al cabo de un momento, que aquello «era lo lógico». Luego preguntó adónde se había trasladado la familia.