El idiota
El idiota —No, prÃncipe, no le comprenderÃa. Aglaya Ivanovna amaba como una mujer, como un ser humano y no como… un espÃritu puro. ¿Sabe usted una cosa, pobre amigo mÃo? Pues es que, a mi juicio y según todas las apariencias, no ha amado usted nunca a ninguna de las dos.
—No sé, no sé… puede ser… Tiene usted razón en muchas cosas, Eugenio Pavlovich… Es usted extraordinariamente inteligente, Eugenio Pavlovich. Ya empieza a dolerme la cabeza otra vez… ¡Vamos a su casa! ¡Vamos, por amor de Dios! ¡Por amor de Dios!
—Ya le he dicho que no está en Pavlovsk, sino en Kolmino.
—Vámonos a Kolmino. ¡En seguida!
—¡Es imposible! —dijo rotundamente Eugenio Pavlovich, levantándose.
—Escuche: voy a escribir una carta. Y usted me la llevará.
—No, prÃncipe, no. Excúseme de semejantes comisiones. No puedo encargarme de eso.