El idiota
El idiota —Pase lo que pase no venderé mis fincas; aguardaré. ¡Qué me cuelguen si no lo hago asÃ! Los negocios valen más que el dinero. Ése es mi sistema económico, señor, si le interesa saberlo.
Como se dirigÃa al prÃncipe, éste aprobó tal criterio. Lebediev advirtió al oÃdo de su inquilino que el señor que tan alto proclamaba su decisión de no vender sus bienes no habÃa poseÃdo nunca bien alguno, ni siquiera casa. Asà transcurrió cosa de una hora. Después de tomar el té, los visitantes juzgaron que la delicadeza no les permitÃa continuar más tiempo en la casa. Al marchar, el doctor y el caballero canoso prodigaron al prÃncipe palabras de amistad y todos se despidieron muy afectuosamente. Además, no faltaron consuelos de este género: «No hay que disgustarse; seguramente ha sido mejor asû, etc. Añadamos que algunos jóvenes alocados querÃan pedir champaña, pero los de más edad los llamaron al orden. Cuando todos se hubieron ido, Keller, inclinándose hacia Lebediev, comentó:
—Tú y yo habrÃamos dado un escándalo, hubiésemos vociferado, peleado, hecho acudir a la policÃa. En cambio él se ha ganado nuevos amigos… ¡y qué amigos! Los conozco y…
Lebediev, que se hallaba un tanto «animado», suspiró y dijo: