El idiota
El idiota —Mi padre estaba, desde luego, enojado conmigo, y acaso con razón —respondió Rogochin—; pero quien más le predisponÃa contra mà era mi hermano. No quiero decir nada de mi madre: es una mujer de edad, lee el Santoral, pasa su tiempo en hablar con viejas y no ve más que por los ojos de mi hermano Semka[3]. Pero ¿no es cierto que éste debió avisarme con oportunidad? ¡Bien sé por qué no lo hizo! Cierto que yo estaba entonces sin conocimiento… Cierto también que me expidieron un telegrama… Pero desgraciadamente lo recibió mi tÃa, viuda desde hace treinta años y que no trata, de la mañana a la noche, sino con hombres de Dios[4] y gente por el estilo… No es monja, pero peor que si lo fuera. El telegrama la asustó, asà que lo llevó al puesto de policÃa, donde aún continúa. Sólo me he informado de lo sucedido por una carta de Basilio Vasilievich Koniev, quien me lo cuenta todo, incluso que por la noche, mi hermano cortó un paño mortuorio de brocado de trencillas de oro, que adornaba el ataúd de mi padre, diciendo: «Esto vale su dinero». ¡Si quiero, me basta con eso para enviarle a Siberia, porque es un robo sacrÃlego! ¿Qué opinas tú, espantapájaros? —añadió, dirigiéndose al funcionario—. ¿Cómo califica la ley ese acto? ¿De robo sacrÃlego?
—SÃ: de robo sacrÃlego —confirmó el empleado.