El idiota
El idiota —¡Puaf! —exclamó Rogochin, escupiendo. Y se dirigió al prÃncipe—: Yo no tenÃa más equipaje que el que usted lleva cuando, hace cinco semanas, huà de la casa paterna y me fui a la de mi tÃa, en Pskov. Allà caà enfermo. Y entre tanto murió mi padre de un ataque de apoplejÃa. Gloria eterna a su memoria, sÃ; pero la verdad es que faltó poco para que me matase a golpes. ¿Lo creerÃa usted, prÃncipe? Pues es verdad: si yo no hubiese huido, me habrÃa matado.
—¿Qué hizo usted para irritarle tanto? —preguntó el prÃncipe, que miraba con curiosidad a aquel millonario de tan modesta apariencia bajo su piel de cordero.
Aparte el millón que iba a heredar, habÃa en el joven moreno algo que intrigaba e interesaba a Michkin. Y en cuanto a Rogochin, fuese por lo que fuera, se complacÃa en hablar con el prÃncipe, quizás más que en virtud de una ingenua necesidad de expansionarse, por hallar un derivativo a su agitación. Dijérase que la fiebre le atormentaba aún. En cuanto al empleado, pendiente de la boca de Rogochin, recogÃa cada una de sus palabras como si esperase hallar entre ellas un diamante.