El idiota
El idiota —¿Y cómo puedes tú saber que ha dejado dos millones y medio? —preguntó rudamente el hombre moreno sin dignarse mirar al empleado. Luego añadió, haciendo un guiño a Michkin para referirse al otro—: MÃrele: apenas se ha enterado de quién soy, ya empieza a hacerme la rosca. Pero ha dicho la verdad. Mi padre ha muerto y yo, después de pasar un mes en Pskov, vuelvo a casa como un pordiosero. Ni mi madre ni el bribón de mi hermano me han avisado ni me han enviado dinero. ¡Cómo si fuera un perro! Durante todo el mes he estado enfermo de fiebres en Pskov y…
—¡Pero ahora va usted a recibir un rico milloncejo, si no más! ¡Oh, Dios mÃo! —exclamó el señor granujiento alzando las manos al cielo.
—DÃgame, prÃncipe —exclamó Rogochin, irritado, señalando al funcionario con un movimiento de cabeza—, ¿qué podrá importarle eso? Porque no voy a darte ni un kopec aunque bailes de coronilla delante de mÃ. ¿Oyes?
—Lo haré, lo haré.
—¿Qué le parece? Bien: pues no te daré ni un kopec aunque bailes de coronilla delante de mà una semana seguida.
—No me des nada. ¿Por qué habÃas de dármelo? Pero bailará de coronilla ante ti. Dejaré plantados a mi mujer y a mis hijos e iré a bailar de cabeza ante ti. Necesito rendirte homenaje. ¡Lo necesito!