El idiota
El idiota —¿Y se envÃa a Siberia a los culpables de ese crimen?
—¡A Siberia, sÃ! ¡A Siberia inmediatamente!
—En casa me creen enfermo aún —prosiguió Rogochin dirigiéndose al prÃncipe otra vez—. Pero yo he tomado el tren sin decir nada a nadie y, aunque mal de salud todavÃa, dentro de un rato estaré en San Petersburgo. ¡Cuánto se sorprenderá mi hermano Semen Semenovich al verme llegar! ¡El que, como bien sé, fue quien indispuso a mi padre contra mÃ! Aunque, a decir verdad, éste ya estaba irritado conmigo por lo de Nastasia Filipovna. En ese caso, desde luego, la culpa fue mÃa.
—¿Nastasia Filipovna? —preguntó el empleado, con aire servil y, al parecer, reflexionando intensamente.
—¡Si no la conoces! —exclamó Rogochin, con impaciencia.
—¡Si! ¡La conozco! —exclamó, con aire triunfante, el señor granujiento.
—¡Claro! ¡Hay tantas Nastasias Filipovnas en el mundo! Eres un solemne animal, permÃteme que te lo diga. ¡Ya sabÃa yo que este bestia acabarÃa queriendo pegarse a mÃ! —añadió Rogochin, hablando a Michkin.