El idiota
El idiota —¿Matar a un hombre? —dijo Rogochin—. ¡Qué sabes tú de eso! ¡Peor aún! —Y, volviéndose a Michkin, continuó—: Mi padre no tardó en averiguar lo ocurrido, ya que Zaliochev lo iba contando a todos. El viejo me hizo subir al piso alto de casa. Allà se encerró conmigo y me golpeó durante una hora seguida. «Esto es sólo el prólogo —me aseguró—. Antes de acostarme volveré a darte las buenas noches». ¿Y sabe lo que hizo luego? Pues aquel hombre de cabellos blancos visitó a Nastasia Filipovna y se inclinó hasta el suelo delante de ella, suplicándole y llorando. Al fin ella buscó el estuche y se lo tiró a la cara. «Toma, viejo barbudo —le dijo—. Ahà van tus pendientes, pero ahora que sé lo que Parfen Semenovich hizo para regalármelos, tienen diez veces más valor a mis ojos. Saluda a tu hijo y dale las gracias en mi nombre». Entretanto, yo, con permiso de mi madre, pedà veinte rublos prestados a Sergio Protuchin y me fui a Pskov. Llegué tiritando de fiebre. AllÃ, las viejas de casa de mi tÃa comenzaron a leerme el Santoral. Cansado, me dediqué a gastar en bebida los restos de mi dinero. Invertà hasta mi último groch en una taberna, y al salir mortalmente borracho caà al suelo y allà pasé la noche. Por la mañana amanecà delirando, y costó mucho trabajo volverme a la razón. Pasé unos dÃas muy malos, se lo aseguro.