El idiota
El idiota —Ven, ven y tendrás dinero esta misma tarde.
—Lo tendrá —repitió el empleado, como un eco—. ¡Lo tendrá esta misma tarde!
—Dime, prÃncipe; ¿te gustan las mujeres? ¡DÃmelo en seguida!
—No… Yo, ¿comprende?… En fin, quizá usted lo ignore, pero el caso es que yo, como consecuencia de mi enfermedad congénita, no puedo tratar Ãntimamente a las mujeres.
—En ese caso —exclamó Rogochin— eres un verdadero hombre de Dios. Dios ama a los seres asÃ.
—SÃ: el Señor Dios los ama —aseguró el empleado a su vez.
—Anda, moscón, acompáñame —dijo Rogochin a Lebediev.
Todos descendieron del carruaje. Lebediev habÃa conseguido al fin su propósito. El ruidoso grupo partió en dirección a la Perspectiva Voznesensky. Michkin debÃa dirigirse a la Litinaya. El tiempo era húmedo. El prÃncipe preguntó a los transeúntes el camino a seguir y cuando supo que debÃa recorrer tres verstas, resolvió tomar un coche de alquiler.