El idiota
El idiota —No tengo ingenio, Nastasia Filipovna —dijo Ferdychenko, a guisa de preámbulo—, y por eso hablo más de la cuenta. Si yo fuese tan ingenioso como Atanasio Ivanovich o Ivan Petrovich me pasarÃa el rato sin abrir la boca, lo mismo que ellos. PermÃtame, prÃncipe, solicitar su opinión. Siempre he creÃdo que en este mundo el número de ladrones supera en mucho al de no ladrones, e incluso me inclino a creer que no hay quien haya dejado de cometer algún robo en su vida. Tal es mi criterio, sin que por eso concluya que la humanidad está enteramente compuesta de rateros, aunque a veces me sienta terriblemente impulsado a suponerlo asÃ. ¿Qué cree usted?
—¡Qué modo tan estúpido tiene usted de contar! —dijo la dama desenvuelta, que se llamaba DarÃa Alexievna—. ¡Qué necedades empieza usted por decir! Es imposible que todo el mundo haya tenido que robar algo. Yo, por mi parte, nunca he robado nada.
—Bien. Usted no habrá robado nada; pero quisiera saber por qué motivo se ha puesto el prÃncipe tan encarnado.
—Creo que hay parte de verdad en lo que usted dice, aunque lo exagera demasiado —contestó Michkin, cuyo rostro, en efecto, se habÃa cubierto de rubor.
—¿Nunca ha robado usted nada, prÃncipe?
—No sea ridÃculo y mida sus palabras, señor Ferdychenko —intervino el general.