El idiota
El idiota Como antes, Rogochin iba a la cabeza, seguido de sus acólitos, todos muy persuadidos de su importancia, pero algo inquietos a la par. La persona que les inspiraba, sabe Dios por qué, más miedo, era Nastasia Filipovna. Algunos de ellos temían incluso que se les arrojase por las escaleras. Entre estos cobardes figuraba el elegante y fascinador Zaliochev. Pero otros, y en especial el señor forzudo, sentían en el fondo un profundo desprecio, casi rencoroso, por Nastasia Filipovna y se encaminaban a su casa como al asalto de una posición enemiga. Con todo, el lujo de las dos primeras habitaciones les inspiró un respeto involuntario y casi temeroso. Había allí infinitas cosas nuevas para ellos: muebles raros, cuadros, una estatua de Venus… Aquel instintivo respeto se unía a una curiosidad insolente, y fue así, en medio de estos complejos sentimientos, como penetraron en el salón en pos de Rogochin. Pero cuando el señor forzudo, su rival el subteniente y algunos más vieron entre los invitados al general Epanchin sentado junto a Nastasia Filipovna, quedaron tan decaídos, que iniciaron un verdadero repliegue hasta la antesala. Sólo unos cuantos mantuvieron su valor. Entre ellos figuraba el intrépido Lebediev, que avanzaba casi al lado de Rogochin, muy poseído de la importancia propia de un hombre con un capital de un millón cuatrocientos mil rublos en buen dinero constante y sonante, y que en el momento presente llevaba en el bolsillo cien mil. Conviene advertir, por otra parte, que todos, incluso el sabio Lebediev, tenían una idea bastante vaga de los límites de su poderío y no sabían a punto fijo si todo les estaba permitido o no. En ocasiones, Lebediev se hubiera pronunciado por la afirmativa con la mayor energía, pero en otras no lograba prescindir de acordarse de ciertos artículos del Código, no del todo tranquilizadores en aquella sazón.