El idiota
El idiota La impresión que produjo Nastasia Filipovna sobre Rogochin fue muy distinta a la que causó en los compañeros del joven. Apenas se apartó la cortina que cubría la puerta y Parfen Semenovich pudo ver a su ídolo, todo lo que rodeaba a Nastasia Filipovna se desvaneció a sus ojos, como por la mañana, y aún más en absoluto que entonces. Palideció y se detuvo un instante; era notorio que el corazón le latía con violencia. Tímidamente, con desesperación, miró, a Nastasia Filipovna. Y de pronto, como si le abandonasen sus sentidos, adelantó hacia la mesa con paso casi vacilante. Por el camino tropezó en la silla de Ptitzin y puso sus botas, sucias y enfangadas, sobre los magníficos encajes del brillante vestido azul de la bella alemana. No se excusó, porque no había reparado en una cosa ni en otra. Al llegar a la mesa depositó encima un objeto que tenía entre las manos mientras atravesaba el salón, y que consistía en un paquete de unos catorce centímetros de alto y como diecinueve de largo, cuidadosamente envuelto en un número de la «Gaceta de la Bolsa» y atado mediante un cordón de los que se emplean para empaquetar el azúcar. Rogochin dejó caer los brazos y aguardó, silencioso, su sentencia. Vestía exactamente el mismo traje de por la mañana, pero lucía al cuello una bufanda nueva, de seda roja y verde, adornada con un alfiler en el que esplendía un grueso diamante figurando un escarabajo. Su áspera mano derecha ostentaba un macizo anillo, también de diamantes.