El idiota
El idiota —Aun podrÃa pasar todo eso si estuvieras muriéndote de hambre, pero creo que ganas un buen sueldo. Y, no contento con querer introducir en tu casa a una mujer sin honra, estás resuelto a casarte con una mujer a quien detestas. Porque sé que me detestas… Creo que un hombre asà serÃa capaz de asesinar por dinero. Hoy dÃa la sed de ganancias produce en todos los hombres una verdadera fiebre. ¡Están como locos! Hasta los niños se vuelven usureros. Hace poco he leÃdo que un individuo envolvió en un lienzo de seda su navaja de afeitar, se acercó a un amigo suyo por la espalda y suavemente le degolló como a una oveja. Eres un hombre sin honor, Gania. Yo soy una mujer sin honra, pero tú eres peor aún. Y no digo nada ya del personaje de los ramilletes…
—¡Es posible que hable usted asÃ, Nastasia Filipovna! —exclamó el general, sinceramente desolado, golpeándose una mano contra la otra ¡Usted, tan delicada, tan fina en sus ideas! ¡Y ahora, qué lenguaje, qué palabras!
Nastasia Filipovna rompió en una carcajada.
—Estoy ebria, general, y bromeo. Hoy es mi cumpleaños, y también mi dÃa triunfal, el dÃa que esperaba hace tanto tiempo… DarÃa Alexievna, mira a ese señor de los ramilletes, a ese monsieur aux camélies. Ahà lo tienes, sentado y riéndose de nosotros…
—No me rÃo, Nastasia Filipovna —contestó Totsky muy digno—. Me limito a escuchar con atención.