El idiota
El idiota —¿Por qué he estado atormentándole durante estos cinco años, sin dejarle libre? ¿Acaso lo merecía? Él no es sino lo que debe ser y nada más. Incluso es capaz de suponer que soy yo quien me porto mal con él, porque me ha dado educación, me ha mantenido como a una condesa, ha gastado mucho dinero en mí, ha procurado hallarme un marido honorable en provincias, y al fin me ha encontrado aquí a este Gania. ¡Figúrate que hace cinco años que no tengo intimidad con Atanasio Ivanovich y, sin embargo, he continuado recibiendo su dinero, persuadida de que me asistía derecho a obrar así! ¡Sin duda había perdido la cabeza! Ahora me dices que tome los cien mil rublos de este otro hombre y le ponga a la puerta si me repugna ser amante suya. Sí: me repugna. Hace tiempo que hubiese podido casarme y no con Gania; pero ello me repugna también. ¿Por qué he pasado cinco años desempeñando ese papel de mujer leal? Pues créeme que ha sido porque hace cuatro años me pregunté si no debía casarme legalmente con mi Atanasio Ivanovich. No pensaba en tal cosa por venganza, sino porque se me ocurrían muchas ideas en aquella época. Y habría podido convencerle. Incluso él me hizo indicaciones en ese sentido. Sin duda no lo hacía con sinceridad, pero se mostraba tan apasionado, que le hubiese llevado al matrimonio, de proponérmelo. Luego, gracias a Dios, comprendí que él no merecía tanto rencor. Y entonces sentí tal repulsión por él, que incluso si se me hubiese ofrecido como esposo le habría rechazado. He vivido cinco años como una mujer irreprochable. Pero vale más que me lance al arroyo. Ese es el lugar que me corresponde. O aceptar a Rogochin, o ser lavandera desde mañana mismo. Porque no tengo sobre mí nada que me pertenezca, y al irme dejaré aquí hasta el último trapo. Y cuando ya no tenga nada, ¿quién me querrá? ¡Pregunta a Gania si consentirá entonces en casarse conmigo! Es posible que ni el propio Ferdychenko me quisiera…