El idiota
El idiota DarÃa Alexievna se sentÃa realmente disgustada. Era una mujer de buen carácter y muy impresionable. Nastasia Filipovna sonrió y dijo:
—Vamos, DarÃa Alexievna, no te excites. En lo que he hablado no habÃa indignación por mi parte. ¿Acaso he hecho algún reproche? Es que, en realidad, no sé cómo se me ha ocurrido la tonta idea de querer entrar en una familia honrada. He visto a la madre de Gania, la he besado la mano… Y si primero me mostré insolente en tu casa, Gania, lo hice adrede, porque querÃa ver por última vez a lo que eras capaz de llegar. Y te aseguro que me has sorprendido. Esperaba mucho de ti, mas no tanto. ¡Pensar que consentÃas en casarte conmigo sabiendo que la vÃspera, como quien dice, de tu matrimonio, el general me ofrecÃa unas perlas de tal valor y que yo las habÃa aceptado! Y luego lo de Rogochin. En tu propia casa, delante de tu madre y de tu hermana, ha regateado el valor que me atribuye, y aun asà tú has venido luego a pedir mi mano… ¡Poco ha faltado para que incluso trajeses a tu hermana contigo! ¿Es posible que tenga razón Rogochin cuando dice que por tres rublos andarÃas a cuatro pies por el bulevar Vassilievsky?
—SÃ, andarÃa a cuatro pies —afirmó Rogochin en voz baja con acento de profunda convicción.