El idiota
El idiota —Eso se ve en las novelas, prÃncipe. Todo ello son cuentos viejos… Hoy la gente se ha vuelto más razonable y sabe que todo eso es absurdo. Además, ¿cómo se te ocurre pensar en casarte? Más falta te hace una enfermera que una mujer.
El prÃncipe se levantó y con voz tÃmida y temblorosa, pero también con el tono de un hombre profundamente convencido de lo que dice, respondió:
—No sé nada, Nastasia Filipovna, y no he visto nada de la vida; puede que tenga usted razón… Pero yo me tendrÃa por muy honrado si usted me aceptase, en vez de creer que la honraba casándome con usted. Yo no soy nadie; mas usted ha conocido el sufrimiento y ha salido pura de un infierno semejante. Eso es mucho. ¿Por qué se siente, pues, avergonzada y dispuesta a aceptar a Rogochin? Lo ha dicho usted bajo el influjo de la fiebre. Acaba usted de devolver al señor Totsky setenta y cinco mil rublos y ha expuesto el propósito de dejarle cuanto hay en su casa. Nadie harÃa lo mismo. Yo… Nastasia Filipovna…, yo la amo… Soy capaz de morir por usted, Nastasia Filipovna. No permitiré a nadie que hable mal de usted, Nastasia Filipovna… Si somos pobres, yo trabajaré, Nastasia Filipovna…