El idiota
El idiota Al oÃr las últimas palabras del prÃncipe, Ferdychenko y Lebediev estallaron en risas y hasta el propio general manifestó su mal humor con una especie de gruñido. Ptitzin y Totsky no lograron contener una sonrisa, aunque tan discreta como pudieron. Los demás permanecÃan con la boca abierta, asombrados.
—Pero acaso en vez de ser pobres seamos muy ricos, Nastasia Filipovna —prosiguió el prÃncipe con la misma voz tÃmida—. Cierto que no sé nada concreto y es lástima que nadie me haya proporcionado informes en todo el dÃa; pero el caso es que, estando en Suiza, recibà una carta de un señor de Moscú, llamado Salazkin, y, según me dice, debo entrar en posesión de una herencia muy importante. Aquà está la carta…
Y Michkin, mientras hablaba, sacó un papel del bolsillo.
—¿Es posible que tenga los sentidos cabales? —exclamó el general—. ¡Esta es una verdadera casa de locos!
Se produjo un momento de silencio.