El idiota
El idiota —Creo, prÃncipe, que ha dicho usted que esta carta se la enviaba Salazkin —intervino Ptitzin—. Salazkin es un hombre muy conocido en su ambiente y tiene gran reputación como agente de negocios. Si esa noticia procede de él, puede darla por segura. Afortunadamente, conozco la letra de Salazkin, porque he tenido con él relaciones financieras hace poco… Si me permite usted examinar esa carta, podré darle algún informe.
El prÃncipe, sin proferir una palabra, tendió el papel a Ptitzin, con mano temblorosa.
—Pero ¿qué es esto?, ¿qué es esto? —repetÃa el general, con el aspecto de un demente—. ¿Es posible que exista semejante herencia?
Mientras Ptitzin leÃa la carta, todas las miradas se fijaron en él. Aquel nuevo incidente sobrevenido a continuación de tantas circunstancias enigmáticas intrigaba en alto grado a todos los reunidos. Ferdychenko no paraba un instante; Rogochin, inquieto, miraba ora al prÃncipe, ora a Ptitzin. DarÃa Alexievna parecÃa, en su expectación, pisar sobre ortigas. En cuanto a Lebediev, perdió toda su ecuanimidad, y saliendo de su rincón acercóse a Ptitzin y, doblándose en triángulo, comenzó a leer la carta sobre el hombro del prestamista, con el talante de un hombre que espera un bofetón en recompensa de lo que está haciendo.