El idiota
El idiota SerÃan cosa de las once cuando el prÃncipe pulsó el timbre de la puerta del general. Éste habitaba, en el primer piso de su casa, un departamento relativamente modesto para su posición en el mundo. Un lacayo de librea abrió la puerta y el prÃncipe hubo de entrar en largas explicaciones con aquel hombre, quien desde el primer momento miróles a él y su paquete con clara desconfianza. Al fin, en vista de la reiterada y concreta aserción del visitante de que era realmente el prÃncipe Michkin y que deseaba ver al general acerca de un asunto urgente y de importancia, el asombrado servidor le pasó a una reducida antecámara que precedÃa al salón contiguo al despacho, confiándose allà a otro criado cuyo deber consistÃa en recibir a los visitantes en la antesala y anunciarlos al general. Este segundo sirviente, que vestÃa de frac, era un hombre como de cuarenta años, con el aspecto inquisitivo propio de quien conoce bien la importancia de sus funciones, que en su caso, según dijimos, consistÃan en anunciar a los visitantes y pasarlos al despacho.
—Entre en el salón y deje aquà su paquete —dijo el lacayo, sentándose en su butaca con mesurada gravedad y examinando a la vez, con ojo sorprendido y severo, al prÃncipe, quien, sin abandonar su modesto equipaje, se habÃa instalado junto a él en una silla.