El idiota
El idiota —Si me lo permite —indicó Michkin— esperaré en su compañÃa. ¿Qué voy a hacer yo solo ahà dentro?
—Puesto que viene usted de visita, no puede quedarse en la antesala. ¿Quiere usted ver al general en persona?
—SÃ; tengo un asunto que… —principió el prÃncipe.
—No le pregunto sobre su asunto. Mi deber es sólo el de anunciarle. Pero, como ya le he dicho, sin permiso del secretario no puedo hacerlo.
El lacayo se sentÃa cada vez más inclinado a la desconfianza. El aspecto del prÃncipe diferÃa mucho del de los visitantes ordinarios. Si bien a ciertas horas, e incluso todos los dÃas, el general solÃa recibir personas de las más diversas calidades, especialmente en materia de negocios, el criado, pese a la amplitud de sus instrucciones, experimentaba en este caso gran titubeo y por ello consideró imprescindible consultar al secretario.
—¿Viene usted en realidad del extranjero? —preguntó, involuntariamente, sintiéndose muy turbado apenas concluyó de hablar.
En rigor habÃa estado a punto de preguntar: «¿Es usted en realidad el prÃncipe Michkin?».