El idiota
El idiota Y abandonando su asiento fue a abrazar al prÃncipe. Los demás, levantándose, le rodearon también. Hasta los compañeros de Rogochin que habÃan abandonado el salón comenzaron a regresar. Siguió un tumulto de exclamaciones confusas; todos se empujaban; sonaban voces pidiendo champaña. Por un momento, Nastasia Filipovna fue relegada al olvido. Nadie recordaba el hecho de estar en su casa y en su reunión. Pero luego todos se acordaron a la vez de que el prÃncipe acababa de ofrecer casarse con ella. De modo que el último incidente daba al asunto un aspecto más extravagante todavÃa. Totsky, muy sorprendido, se encogÃa de hombros. Era el único que habÃa quedado en su lugar mientras el resto de los reunidos se agrupaba, tumultuoso, en torno a la mesa. Todos declararon más tarde que a partir de aquel momento pareció iniciarse la locura en Nastasia Filipovna. La joven no se habÃa levantado de su asiento y paseaba sobre todos los asistentes una mirada de asombro y sorpresa, como si no comprendiese la situación, y se esforzase en explicársela. De repente volvióse al prÃncipe, arrugó el entrecejo, amenazadora, y examinó a Michkin con atención. Aquello sólo duró un segundo. Tal vez hubiera pensado que todo ello constituÃa una broma; mas, en cualquier caso, tal idea se disipó al ver el aspecto del prÃncipe. Tornóse pensativa y una sonrisa, al parecer involuntaria, plegó sus labios.