El idiota
El idiota —Nastasia Filipovna —dijo Michkin, con voz dulce en que vibraba una nota de conmiseración—, ya le he dicho que me considerarÃa muy honrado obteniendo su mano en vez de juzgar que le hago un honor casándome con usted. Cuando me he explicado asÃ, usted ha sonreÃdo y he oÃdo también risas a mis espaldas. Quizá yo me haya expresado ridÃculamente, y acaso haya sido ridÃculo de verdad; pero siempre he creÃdo saber bien en qué consiste el honor y estoy seguro de haber dicho una cosa justa. Hace un momento querÃa usted perderse irremisiblemente, y estoy cierto de que después lo habrÃa lamentado; pero usted no es culpable de nada. Es imposible que considere usted su vida perdida en definitiva. ¿Qué importa que Rogochin haya venido a su casa de ese modo ni que Gabriel Ardalionovich haya querido engañarla? ¿Por qué insistir tanto en eso? Repito que lo que usted hace, pocas personas serÃan capaces de hacerlo. Si ha querido usted atender a Rogochin, fue bajo la influencia de la fiebre. Ahora mismo se encuentra usted mal y debiera acostarse. Usted no se habrÃa quedado con Rogochin, de marchar con él. Mañana mismo habrÃa preferido hacerse lavandera. Es usted orgullosa, Nastasia Filipovna, pero tal vez tenga la desgracia de considerarse culpable en realidad. Necesita usted muchas atenciones, Nastasia Filipovna. Yo las tendré con usted. En cuanto he visto su retrato he creÃdo contemplar una cara conocida. Hasta me pareció que su expresión me llamaba… Yo… yo la estimaré toda mi vida, Nastasia Filipovna —concluyó de pronto el prÃncipe, ruborizándose, sin duda al recordar las personas que habÃa presentes.