El idiota
El idiota Ptitzin, escandalizado, inclinó la cabeza, mirando al pavimento. Totsky pensaba: «Es un idiota, pero sabe por instinto que la adulación es el mejor modo de triunfar con las mujeres». Michkin notó que Gania le miraba desde su rincón con ojos centelleantes, como si hubiera querido darle de golpes.
—¡Qué hombre tan bondadoso! —exclamó Daría Alexievna, muy afectada.
—Un hombre refinado, pero perdido —murmuró Ivan Fedorovich.
Totsky tomó su sombrero proponiéndose despedirse a la francesa. Él y el general convinieron, mediante una mirada, irse juntos.
—Gracias, príncipe. Hasta ahora nadie me había hablado así —dijo Nastasia Filipovna—. Nunca se había pensado más que en comprarme. Ningún hombre digno me había pedido en matrimonio. ¿Oye usted, Atanasio Ivanovich? ¿Qué le parece el modo de hablar del príncipe? Casi incorrecto, ¿eh? No te vayas aún, Rogochin…, aunque ya veo que no te apresuras a hacerlo… Acaso me marche contigo todavía. ¿Dónde querías llevarme?
—A Ekateringov —respondió Lebediev.
Rogochin, tembloroso, miró a Nastasia Filipovna con los ojos muy abiertos. No podía creer en lo que oía, sentíase incapaz de todo, estaba aturdido, como si le hubiese dado un violento golpe en la cabeza.