El idiota
El idiota —¿Cómo que no? —dijo Nastasia Filipovna, riendo—. ¡Yo soy todavÃa dueña de mi casa! Si quiero puedo arrojarte por la escalera. Además, no he tomado tu dinero aún; está en la mesa. Tráelo y dámelo. ¿Y este paquete contiene cien mil rublos? ¡Qué barbaridad! ¿Qué te parece, DarÃa Alexievna? ¿Crees que serÃa capaz de hacerle desgraciado? —preguntó señalando a Michkin—. ¿Casarse el prÃncipe? Lo que necesita es una niñera… Pero ya veo que el general se prepara a encargarse de serlo: mÃrenle cómo anda alrededor de él… ¿Ves, prÃncipe? Tu prometida ha cogido el dinero, porque no es una mujer honrada. ¡Y tú querÃas casarte con ella! ¿Por qué lloras? ¿Estás disgustado? ¡RÃete, hombre, haz como yo! —mientras hablaba asÃ, Nastasia Filipovna tenÃa dos gruesas lágrimas en las mejillas—. ConfÃa en el tiempo: ya verás como todo pasa. Más vale prevenir que lamentar. Pero ¿por qué lloran todos ustedes? ¿Por qué lloras tú también, Katia? ¿Qué tienes, querida? No creas que os dejaré sin nada a Pacha y a ti; ya he tomado disposiciones… Y ahora, adiós. ¡Cuándo pienso que una mala mujer como yo te ha obligado a servirme, a ti, que eres una muchacha honrada! Créelo, prÃncipe: es preferible esto. Si no, más adelante me habrÃas despreciado y no hubiéramos vivido felices. Nada de protestas; no te creo. ¡Qué estúpido hubiera sido…! SÃ: es preferible que nos digamos adiós en definitiva. ¿Para qué soñar en quimeras? ¡Aunque también yo he soñado en ellas! ¿Imaginas que no he soñado contigo? TenÃas razón antes: hace mucho tiempo que estos sucesos acudÃan a mi espÃritu. Muchas veces, durante los cinco años transcurridos en la aldea de Totsky, he esperado que un hombre como tú, bondadoso, honrado, simpático, un poco necio incluso, me buscara de pronto para decirme: «La culpa no es de usted, Nastasia Filipovna. ¡Y la adoro!». Pero el despertar de tales sueños casi me hacÃa enloquecer. Cada verano este hombre llegaba para pasar dos meses conmigo, llevándome la vergüenza, la deshonra, la corrupción, la degradación… Y luego se iba. Mil veces he pensado en arrojarme al agua, pero he sido cobarde y nunca me he decidido. Y ahora… ¿Estás listo, Rogochin?