El idiota
El idiota —¡SÃ! ¡No se acerquen!
—¡Listos! —gritaron varias voces.
Nastasia Filipovna cogió el fajo de billetes.
—Se me ocurre una idea, Gania. Quiero indemnizarte. ¿Por qué has de perderlo todo? ¿Es cierto, Rogochin, que Gania andarÃa en cuatro pies por el bulevar Vassilievsky a cambio de tres rublos?
—SÃ.
—Escucha, pues, Gania. Quiero darme una vez más la satisfacción de asistir a una muestra de tu grandeza de alma. Tú me has atormentado durante tres meses; ahora llega mi momento. Mira este paquete: contiene cien mil rublos. Voy a tirarlo al fuego delante de todos. Cuando esté rodeado de llamas tú puedes recogerlo en la chimenea. Pero sin guantes y con las mangas recogidas. Si asà lo haces, el dinero es tuyo: todos los billetes te pertenecen. Cierto que te quemarás algo los dedos, pero se trata de cien mil rublos. ¡Hazte cargo!… ¡Es cosa de un momento! Y yo admiraré tu valor viéndote sacar mi dinero de entre las llamas. Pongo por testigos a todos de que el dinero será para ti. Si tú no lo retiras, el dinero arderá, porque no he de consentir que nadie más lo toque. RetÃrense. ¡QuÃtense de en medio! Este dinero me pertenece. Rogochin me lo da a cambio de acceder por una vez a sus pretensiones… ¿Es mÃo ese dinero, Rogochin?
—¡Es tuyo, encanto mÃo; es tuyo, reina!