El idiota
El idiota —¡Dios mÃo, Dios mÃo! —exclamaban los presentes.
Todos, ávidos de presenciar aquel espectáculo se apiñaban en torno a la chimenea, entre palabras de desolación. Algunos se habÃan subido a las sillas para mirar por encima de las cabezas de los demás. DarÃa Alexievna, realmente asustada, pasó a la habitación contigua y comenzó a cuchichear con las doncellas. La hermosa alemana habÃa huido.
—Señora, princesa mÃa, mujer todopoderosa —gemÃa Lebediev arrastrándose a los pies de Nastasia Filipovna y tendiendo los brazos hacia la chimenea—. ¡Cien mil rublos! ¡Cien mil! ¡Yo mismo los he visto con estos ojos! El envoltorio ha sido atado delante de mÃ. ¡Señora, misericordia! Mándame lanzarme al fuego; me meteré entre él; hundiré en las llamas mi cabeza gris… ¡Piénsalo! Una mujer enferma e inválida; tres niños huérfanos; un padre enterrado la semana pasada: un hombre muerto de hambre. Nastasia Filipovna.
Y pretendió acercarse a la chimenea.
—¡Atrás! —gritó la joven, rechazándole—. ¡Todos atrás! ¿Qué haces ahÃ, Gania? ¡No te avergüences! Recoge el paquete: es la felicidad para ti.