El idiota
El idiota Gania habÃa padecido en exceso durante todo el dÃa y no estaba preparado para esta última prueba. La gente se apartó, dejándole cara a cara con Nastasia Filipovna, sólo a tres pasos de ella. En pie junto a la chimenea, la dueña de la casa esperaba sin separar de Gania su mirada relampagueante. Gania, inmóvil, vestido de etiqueta, calzados los guantes, el sombrero en la mano, cruzados los brazos, miraba al fuego. Una sonrisa extraviada contraÃa su rostro, blanco como la cal. No podÃa, en realidad, retirar los ojos de la lumbre, donde las llamas envolvÃan ya el paquete, pero en su alma se producÃa un súbito cambio. Dijérase que anhelaba soportar hasta el fin aquella tortura, porque no se movÃa de su sitio. A los pocos instantes todos tuvieron la certeza de que dejarÃa arder el paquete.
—¡Van a quemarse los billetes! —gritó Nastasia Filipovna—. ¡Y luego te avergonzarás, te sentirás desesperado! ¡Acabarás ahorcándote si no los coges! ¡Te lo aseguro!
El envoltorio, al caer sobre el fuego que lucÃa entre los dos tizones, produjo inicialmente el efecto de apagarlo. Sólo una llamita azul persistió adherida al extremo de una de las ascuas. Al fin, la larga y estrecha lengua de fuego lamió también el paquete y éste se inflamó al fin de repente, proyectando en el aire una llama de viva resplandor.
Un grito se escapó de todas las gargantas.