El idiota
El idiota —¡Fumar! —exclamó el lacayo mirándole con despectiva extrañeza, como si no pudiera creer a sus oÃdos—. ¡Fumar! No, no puede usted fumar aquà y no debÃa ocurrÃrsele ni preguntármelo. ¡Je, je! ¡Vaya una ocurrencia!
—No se trata de fumar en esta habitación. Ya me hago cargo de que eso no debe estar permitido. Sólo querÃa referirme a que me indicara un lugar donde poder encender una pipa, porque tengo ese vicio y hace tres horas que no he fumado. Pero, en fin, como le parezca… Ya lo dice el refrán: «Do quiera que estuvieres, haz lo que vieres…».
El lacayo no pudo contenerse y exclamó:
—¿Cómo voy a anunciar a un hombre as� En primer lugar, su sitio como visitante no es éste, sino el salón, y me expone usted a recibir reproches. ¿No pensará usted quedarse a vivir en la casa? —añadió, mirando de soslayo el paquetito, que evidentemente le preocupaba.
—No, no me lo propongo. Incluso si me invitaran no me quedarÃa. El único objeto de mi visita es conocer a los dueños de la casa… y nada más.
Esta respuesta pareció muy equÃvoca al desconfiado sirviente.
—¿Conocerlos? —dijo con sorpresa—. ¡Pero si me aseguró usted al principio que venÃa por un asunto!