El idiota

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—¡Sólo cinco semanas! ¡Sólo cinco semanas! —dijo Lebediev entrando con la levita puesta y un pañuelo en la mano con el que se aprestaba a secarse los ojos. Y parpadeando mucho exclamó—: ¡Ahora estamos solos en el mundo!

—¿Por qué se ha puesto usted una levita tan rota? —preguntó la joven—. Detrás de la puerta tiene usted su levita nueva. ¿No la ha visto?

—¡Cállate, moscón! —gritó Lebediev—. ¡Maldita seas!

E hirió, el suelo con el pie. Ella rio viendo la cólera paterna.

—No se empeñe en asustarme. No soy Tania y no voy a echar a correr… Lo que va usted a conseguir es despertar a Lubotchka y ya verá luego cómo llora y grita… ¿A qué viene chillar así?

—Vamos, vamos, no digas eso —repuso Lebediev.

Y, presa de viva inquietud, se lanzó hacia la criatura que dormía en brazos de la joven y la bendijo varias veces con empavorecido ademán.

—¡Señor, protégela; Señor, sálvala! —exclamó. Y dirigiéndose a Michkin le dijo—: Es Lubova, mi hijita, nacida de mi legítimo matrimonio con mi mujer Elena, muerta de sobreparto. Y esta pájara es mi hija Vera, y éste… éste.

—¿Por qué te interrumpes? —preguntó el joven—. Vamos, continúa…


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