El idiota
El idiota —Pero esas dos opiniones no tienen importancia, prÃncipe, porque Kolia le quiere y mi tÃo le adula. En cambio, yo no me propongo lisonjearle, tenga la certeza de ello. Pero usted no carece de buen sentido. Sea, pues, árbitro entre mi tÃo y yo ¿Quieres que elijamos al prÃncipe por juez? —preguntó dirigiéndose a su tÃo—. Me alegro mucho, prÃncipe, de que la casualidad le haya traÃdo aquÃ.
—Acepto —dijo resueltamente Lebediev, lanzando una mirada maquinal al auditorio, que volvÃa a agruparse en torno suyo.
—¿Qué les pasa? —preguntó Michkin, arrugando ligeramente el entrecejo.
SentÃa dolor de cabeza y a la vez, de momento en momento, dudaba menos de que Lebediev, temeroso de una explicación con él, querÃa dilatarla.
—El asunto es éste: yo soy su sobrino y en ese sentido mi tÃo ha dicho la verdad, aunque suele mentir en todo. No he terminado aún mis estudios universitarios, pero los terminaré, porque asà me lo propongo y yo tengo mucho carácter. Entre tanto, para subsistir, voy a desempeñar un empleo de veinticinco rublos en una empresa ferroviaria. Reconozco, aparte de todo, que mi tÃo me ha ayudado dos o tres veces. El caso es que yo poseÃa ahora veinte rublos y los he perdido jugando. ¿Creerá, prÃncipe, que he sido lo bastante ruin y bajo para jugarme ese dinero?