El idiota
El idiota —¡Si, lo prefiero! ¡Pero esto sà que es divertido! ¿Cree usted que no conozco la evidente incorrección de mi proceder? Bien sé que el dinero de mi tÃo es suyo y que mi actitud constituye una coacción. Pero usted, prÃncipe…, usted no conoce la vida. A hombres como mi tÃo, si no se les da una lección no comprenden nada. Es preciso enseñarles. Mis intenciones son perfectamente honorables. En conciencia, no voy a hacerle perder ni un kopec, puesto que le devolveré el capital con los intereses. Además, le he procurado una satisfacción moral, ya que me he humillado a él. ¿Qué más quiere? ¿Y de qué sirve este hombre a sus semejantes si se niega a prestarles servicio alguno? Piense en cómo obra él. Pregúntele cómo procede con los demás y cómo engaña a la gente. ¿Cómo se ha arreglado para adquirir esta casa? Me corto la cabeza si no le ha enredado a usted en algo y si no proyecta volver a engañarle de nuevo… Veo que sonrÃe usted. ¿No me cree?
—Lo que creo es que todo eso tiene poca relación con su asunto —repuso Michkin.