El idiota
El idiota Pero se interrumpió. Michkin miraba ante sí con abstracción, sin duda ya olvidado de lo que acababa de decir. Transcurrió un minuto. Lebediev, con los ojos fijos aún en el visitante, esperaba.
Michkin sacudió su abstracción.
—¿Qué decíamos? ¡Ah, sí! Ya sabe usted, Lebediev, de lo que se trata. He venido a causa de su carta. Hable.
El funcionario se turbó, quiso responder y sólo emitió sonidos ininteligibles. El príncipe aguardó, con una melancólica sonrisa en los labios.
—Creo comprenderle bien, Lukian Timofeievich. Sin duda no me esperaba. No creía usted que yo fuese a abandonar mi retiro a su primer aviso, y me escribió, por lo tanto, sólo para descargar su conciencia. Pero, como ve, aquí estoy. Déjese de tretas y desista de servir a dos señores. Sé que Rogochin lleva aquí tres semanas. ¿Ha conseguido usted relacionarle otra vez con Nastasia Filipovna, o no? Diga la verdad.
—Fue él mismo, ese monstruo, quien la descubrió.
—No le insulte. Veo que tiene usted motivos de queja contra él.
—¡Me ha molido a golpes! —contestó Lebediev con extraordinaria vehemencia—. En Moscú lanzó un perro contra mí. Era un lebrel, un animal terrible, que me persiguió a lo largo de toda una calle.