El idiota
El idiota —Me toma usted por un niño, Lebediev. DÃgame seriamente si es verdad que ella abandonó a Rogochin en Moscú.
—Seriamente, seriamente… Y también esta vez en vÃsperas de la boda. Rogochin estaba ya contando los minutos que faltaban cuando ella huyó a San Petersburgo. En cuanto llegó, vino a buscarme, diciéndome: «Sálvame, Lukian Timofeievich, escóndeme y no lo digas al prÃncipe». Nastasia Filipovna le teme, prÃncipe; le teme incluso más que a Rogochin. Es una cosa incomprensible.
Y Lebediev, con aire perplejo, se llevó un dedo a la frente.
—¿Y ahora los ha puesto usted de nuevo en relación?
—¿Cómo podÃa yo, ilustrÃsimo prÃncipe…, cómo podÃa yo impedir que se vieran?
—Bueno, basta; ya lo averiguaré yo todo. DÃgame únicamente dónde está ahora Nastasia Filipovna. ¿En casa de Rogochin?
—No, no; nada de eso. Ella vive aún separada de él. Como suele decir, es libre, y usted sabe, prÃncipe, cuánto insiste en ese punto. Siempre está refiriéndose a su completa libertad. Sigue habitando en la Peterburgskaya, en casa de mi cuñada, como ya le dije en mi carta.
—¿Se hallará ahora all�