El idiota

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—Kolia ha pasado la noche aquí, y esta mañana ha salido en busca de su padre a quien usted, príncipe, Dios sabe por qué, ha hecho salir de la cárcel pagando sus deudas. El padre prometió ayer venir a hospedarse con nosotros, pero no ha venido. Parece probable que se acostara en la fonda de «Los dos Platillos», que está cerca. Así, pues, Kolia debe estar allí, salvo que haya ido a Pavlovsk, a casa de las Epanchinas. Ya quería ir ayer; precisamente no le falta dinero… Le encontrará seguramente en «Los Dos Platillos» o en Pavlovsk.

—¡En Pavlovsk, en Pavlovsk! Pero vayamos al jardín y tomemos café.

Y Lebediev, asiendo el brazo del príncipe, le arrastró fuera de la sala. Atravesaron el patio y entraron en un jardincillo encantador cuyos árboles ostentaban la plenitud de su follaje estival. Lebediev hizo sentar a Michkin en un banco de madera pintado de verde que se hallaba ante una mesa del mismo color fija en el suelo, y se sentó frente al visitante. Al cabo de un momento trajo el café. El príncipe no se negó a tomarlo. El dueño de la casa le miraba a la cara con expresión de apasionado servilismo.

—No conocía aún su casa, Lebediev —dijo Michkin, con aire de pensar en otra cosa.

—¡Ahora estamos solos en ella! —comenzó Lebediev, imprimiendo a su fisonomía una expresión de tristeza.


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