El idiota
El idiota —La verdad. Se cayó de su coche después de comer, dio con la sien contra un guardacantón y murió en el acto. Era un hombre de setenta y tres años, de rostro muy encarnado y cabellos blancos. Se inundaba literalmente de agua perfumada y sonreía siempre como un niñito. Pedro Zaharich recordó después mi conversación con el difunto. «Tú profetizaste esto», me dijo.
El príncipe se levantó. Lebediev quedó sorprendido, al notar que su visitante se marchaba tan pronto.
—Veo que se ha vuelto usted muy indiferente. ¡Je, je, je! —osó comentar, con familiaridad respetuosa.
—En realidad no me encuentro del todo bien. Siento la cabeza pesada, sin duda por efecto del viaje —repuso Michkin, arrugando un tanto el entrecejo.
—¿Y si se fuese usted al campo? —sugirió tímidamente Lebediev.
El príncipe quedó pensativo.
—Yo mismo, ¿sabe?, me voy al campo con toda mi familia de aquí a tres días. La salud de la pequeña exige en absoluto ese traslado. Así, mientras estemos fuera, se harán en casa las reparaciones necesarias. Me voy también a Pavlovsk.
—¿Va usted a Pavlovsk? —preguntó repentinamente Michkin—. ¿Cómo es eso? ¿Es que todos se van este año a Pavlovsk? ¿Tiene usted también una casita de campo allí?