El idiota

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—No es que se vayan todos a Pavlovsk. Por lo que respecta a mí, Iván Ptitzin me ha cedido una de las casas que ha adquirido baratas en aquel lugar, que es, por cierto, una localidad agradable, y alta, y verde, y barata, bon ton, y se oye buena música… Por eso es explicable que tanta gente quiera vivir en Pavlovsk. Yo me instalaré en un pabelloncito. En cuanto a la casa propiamente dicha…

—¿La ha alquilado usted? —preguntó el príncipe con interés.

—No… En realidad, no…

—Alquílemela a mí —dijo Michkin.

Era evidente que Lebediev no había querido sino inducirle a aquella proposición. Hacía tres minutos que tal idea se agitaba en su ánimo. Y ello no se debía a que le fuese difícil encontrar arrendatario. Precisamente en aquel momento la casa de campo estaba habitada por un veraneante, y éste había declarado que acaso la alquilaría. Lebediev sabía bien que aquel «acaso» equivalía a un «con seguridad». Pero pensó en seguida que haría un negocio muy ventajoso alquilando la casa al príncipe, hecho al que le autorizaba el lenguaje vago empleado hasta entonces por el otro veraneante. «Esto toma un aspecto nuevo», pensó el funcionario. La propuesta de Michkin le arrebató de alegría. Cuando el príncipe le preguntó el precio, Lebediev hizo un ademán como para alejar aquella cuestión.


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