El idiota
El idiota —Bien, bien, como quiera. Ya tomaré informes… No saldrá usted perdiendo nada.
Los dos salÃan ya del jardÃn.
—Si usted lo deseara… Yo podrÃa, si usted lo deseara, ilustre prÃncipe, comunicarle una cosa muy interesante sobre el mismo asunto —murmuró Lebediev, quien, en su satisfacción, rebosaba lisonjas hacia su visitante.
Éste se detuvo.
—DarÃa Alexievna posee también una casita en Pavlovsk.
—¿Y qué?
—Que hay cierta persona que mantiene amistad con ella y suele, según parece, visitarla en Pavlovsk con cierto objeto.
—¿Quién es esa persona?
—Aglaya Ivanovna.
—Basta, Lebediev —interrumpió Michkin, con una sensación dolorosa—. Todo eso no significa nada para mÃ… Vale más que me diga cuándo se propone usted marchar. Por mi parte, cuanto antes mejor, pues ahora estoy en un hotel…
Mientras hablaban, habÃan salido del jardÃn. Atravesaron el patio sin pasar por la casa y se acercaron a la puerta.