El idiota
El idiota —Lo mejor —opinó Lebediev— es que deje el hotel, se instale desde hoy en mi casa y se vaya con nosotros a Pavlovsk cuando nos marchemos pasado mañana.
—Veremos —dijo Michkin, pensativo.
Y salió. Lebediev le miró alejarse, impresionado por la súbita abstracción del visitante, quien habÃa salido sin acordarse de despedirse ni aun de hacerle un ademán de saludo. Este olvido sorprendÃa tanto más al funcionario cuanto que le constaba la irreprochable cortesÃa del prÃncipe.