El idiota
El idiota —¿En San Petersburgo? Sólo he estado de paso. Pero entonces yo no conocía nada de Rusia y ahora, según dicen, ha habido tantos cambios que hasta los que la conocían han tenido que estudiarla de nuevo. Se habla mucho de las nuevas instituciones judiciales…
—Sí, claro; las instituciones judiciales… ¿Y qué? ¿Es mejor la justicia extranjera que la nuestra?
—No lo sé. He oído decir muchas veces que la nuestra es buena. Entre nosotros, por ejemplo, la pena de muerte no existe.
—¿Y en el extranjero sí?
—Sí. Yo he visto una ejecución en Lyón, en Francia. El doctor Schneider me llevó a presenciarla.
—¿Cómo hacen? ¿Ahorcan a los delincuentes?
—No. En Francia les cortan la cabeza.
—¿Y gritan?
—¿Cómo van a gritar? Es cosa de un instante. Se coloca al hombre sobre una plancha y en seguida cae la cuchilla, movida por una potente máquina llamada guillotina. La cabeza queda cortada antes de tener tiempo de parpadear. Los preparativos son horrorosos. Sí; lo más terrible es cuando leen la sentencia al condenado, cuando le visten, cuando le maniatan, cuando le conducen al cadalso… Acude una multitud a verlo, incluso mujeres, aunque allí se opina que las mujeres no deben ver una ejecución.
—¡Cómo que no es cosa para ellas!