El idiota
El idiota —Desde luego que no… Recuerdo que el criminal era un hombre inteligente, maduro, fuerte y resuelto, llamado Legros. Pero le aseguro a usted, aunque no me crea, que cuando subió al cadalso iba llorando y blanco como el papel. ¿No le parece increÃble y tremendo? ¿Cómo cabe que haya quien llore de miedo? Yo no creÃa que el terror pudiese arrancar lágrimas a un adulto, a un hombre de cuarenta y cinco años que no habÃa llorado jamás. ¿Qué pasa, pues, en el alma en este momento? ¿Qué terrores la dominan?
El prÃncipe se animaba a hablar. Un ligero matiz rosado coloreaba su pálido rostro. Sin embargo, no elevaba la voz más que de costumbre. El criado le escuchaba con vivo interés.
—Al menos, con ese género de suplicio no se sufre mucho —comentó.
—Lo que acaba usted de decir es precisamente lo que todo el mundo dice —contestó Michkin, excitándose— y para eso se inventó la guillotina. Pero yo, mientras asistÃa a la ejecución, me decÃa: «¿Quién sabe si la rapidez de la muerte no la hace más cruel aún?».
Mientras el prÃncipe seguÃa hablando sobre el mismo tema, el lacayo, aunque no supiese expresar sus ideas como Michkin, delataba en su rostro la emoción que le poseÃa. La dureza de su semblante se suavizó.