El idiota
El idiota Pasaron por las mismas habitaciones que Michkin había cruzado antes. Rogochin iba delante y el príncipe le seguía a poca distancia. Entraron en una vasta estancia de cuyos muros pendían varios cuadros, todos ellos retratos de obispos o paisajes obscurecidos en los que no era posible percibir nada. Encima de la puerta que daba acceso a la cámara contigua se veía una tela de forma extraña, ya que medía sobre dos metros de anchura y una altura no superior a un pie. Representaba el Descendimiento de la Cruz. Al verlo, Michkin pareció recordar alguna cosa, mas no quiso detenerse a examinar el lienzo a causa de la mucha prisa que tenía en salir de aquella casa. Pero Rogochin se detuvo en seco ante la pintura.
—Mi difunto padre —dijo— compró todas estos cuadros en las almonedas por precios ridículos: uno o dos rublos… Le gustaban estas cosas. Un entendido que vino a verlos dijo que todos ellos eran una basura, excepto este de encima de la puerta, que tenía valor aunque mi padre no había pagado tampoco más de un par de rublos por él. En vida de mi padre hubo quien le ofreció por ese lienzo 350 rublos, e Ivan Dimitrich Saveliev, un mercader muy amante de la pintura, ofreció cuatrocientos. Y la semana pasada dijo a mi hermano Semen Semenovich que llegaría hasta quinientos. Pero yo me guardo el cuadro para mí.