El idiota
El idiota —Es… es copia de un cuadro de Hans Holbein —dijo el prÃncipe, después de examinar la pintura— y, a lo que puedo juzgar, aunque no sea gran conocedor, se trata de una copia excelente. He visto el original en el extranjero y no lo olvidaré jamás. Pero ¿qué te pasa?
Rogochin, sin hacer más caso del lienzo, se habÃa puesto en marcha repentinamente. Aunque sus extraños modales se hallasen justificados en un hombre tan distraÃdo e irritable como lo estaba Rogochin en aquel momento, Michkin no dejó de encontrar extraño que su amigo suspendiese tan bruscamente una conversación iniciada por él.
—Hace mucho que querÃa preguntarte una cosa, León Nicolaievich… ¿Crees en Dios o no? —inquirió Rogochin después de dar algunos pasos.
—¡Qué pregunta tan extraña! ¡Y qué mirada tienes! —dijo Michkin sin poder contenerse.
Rogochin guardó silencio por un instante.
—Me agrada mirar ese cuadro —dijo, como si hubiese olvidado su pregunta.
—¡Ese cuadro! —repuso el prÃncipe—. ¡Ese cuadro! Yo creo que examinándolo puede llegarse a perder la fe.
—Asà es —asintió Rogochin, con gran extrañeza de su interlocutor.